El resentimiento más grande venía del patrón.
Una vez, Walter se armó de valor para pedir un día libre: Graciela llevaba días tosiendo y necesitaba ir al centro de salud.
—¿Un día? —Haro se rió, sin rastro de humor—. No eres su padre, Morales. Deja de hacerle al héroe y ponte a trabajar.
Walter respiró hondo.
—Con o sin permiso, hoy me la llevo al doctor —dijo, temblándole la voz pero no la mirada.
Haro le descontó medio sueldo. Walter guardó el recibo arrugado en el bolsillo, y en la noche se sentó a cenar con los niños como si todo siguiera igual.
El tiempo pasó. Los sacrificios se acumularon como capas de óxido.
Elías creció con mente afilada y memoria prodigiosa. Sacó becas que nadie en el barrio creía posibles.
—¿Tú, abogado? —se burló un vecino—. Eso es para hijos de ricos, muchacho. No sueñes tan alto.
Elías solo apretó la quijada. Graciela, que había aprendido a no quedarse callada, se cruzó de brazos.
—Al menos él sueña con algo —contestó.
Ella misma cambió los lápices por cuadernos llenos de palabras. Se enamoró de las historias, de las noticias, de las injusticias que leía en el periódico viejo que don Walter recogía de la basura. En la prepa se metió al taller de periodismo y empezó a preguntar, a incomodar.
Walter los miraba y el corazón se le hacía grande. Su cuerpo estaba más cansado, la espalda encorvada, la rodilla casi no le respondía. Pero cada carta que llegaba de la universidad —una de Elías desde la Ciudad de México, otra de Graciela desde Veracruz— era un premio que jamás se había imaginado.
Las pegaba, orgulloso, en la pared despintada.
Haro, en cambio, se volvía más amargo con los años. Odiaba ver a Walter caminar por la fábrica con un orgullo silencioso que no tenía nada que ver con el sueldo miserable que ganaba.
—Se la creyó el viejo —decía entre dientes—. Como si criar parásitos lo hiciera mejor persona.
Y entonces decidió que ya era suficiente.
Una tarde de otoño, cuando el viento arrastraba hojas secas por los pasillos del conjunto, Walter llegó a su departamento y encontró dos patrullas afuera. Dos policías lo esperaban en la puerta, con caras serias.