El frío de aquel invierno se sentía distinto.
No era solo el aire helado que se colaba por las rendijas de las ventanas, ni la neblina espesa que se pegaba a los cerros de la pequeña ciudad industrial a las afueras de Puebla. Era un frío que se metía en los huesos… y en la conciencia.
Don Walter Morales, un hombre moreno de casi sesenta años, caminaba cojeando por la banqueta rota, con el overol del turno de noche todavía oliendo a metal y aceite quemado. Su rodilla derecha nunca se había recuperado del accidente de años atrás en la fábrica, pero el patrón siempre decía lo mismo:
—Muévase, Morales. —rugía el licenciado Rogelio Haro, dueño de la planta metalúrgica—. Cualquier muchacho me hace en una hora lo que usted en tres. Agradézcame que no lo corro.
Walter bajaba la cabeza. Nunca respondía. Tragaba el coraje como había tragado tantas cosas en la vida, apretando la mandíbula mientras seguía cargando láminas, cajas, piezas. Más lento, sí, pero sin faltar un solo día.
Aquella noche, al salir por la puerta lateral de la fábrica, tomó el camino de siempre, rodeando la parte trasera de una fonda que todavía echaba humo por la chimenea. El zumbido de los refrigeradores se mezclaba con el silbido del viento.
Y entonces los vio.
En el callejón, junto a un contenedor de basura, dos bultitos se apretaban uno contra otro. No eran bultos. Eran niños. Un niño de unos nueve años abrazaba a una niña pequeña, quizá de cinco. Tiritaban. Sus chamarras eran harapos. Tenían los labios morados de frío.
Walter se detuvo. Podía haber seguido caminando, como todos. Ya había visto gente dormida en la calle antes. La voz del patrón resonó en su cabeza:
“No pierda el tiempo recogiendo basura humana, Morales. Bastante es que todavía le pago a usted.”
Y no dejaba de tener razón en algo: Walter apenas podía pagar su renta y unos frijoles al día. Su cuarto era chico, el calentador apenas funcionaba, y su cena esa noche iban a ser tortillas duras con sal.
Los niños levantaron la vista. Sus ojos eran demasiado viejos para sus caras jóvenes. Vacíos, resignados, como si ya supieran que nadie se iba a detener.
Walter suspiró, viendo su propio aliento hacerse humo en el aire.
—¿Y ustedes… tienen a dónde ir? —preguntó con voz ronca.
El niño negó con la cabeza. La niña se aferró más a su suéter roto.