Walter seguía trabajando en la fábrica, donde el aire sabía a hierro quemado y grasa. Cada golpe de las máquinas le retumbaba en el cuerpo.
—¡Morales! —gritaba Haro cada que había silencio—. Apuesto a que hasta esos huérfanos que se llevó a su casa se mueven más rápido que usted.
Las carcajadas resonaban entre las pareces de lámina. Algunos se reían por miedo, otros por costumbre. Walter apretaba los dientes, limpiaba el sudor de su frente y seguía.
Por las noches, el peso del día se hacía más ligero.
Abría la puerta y dos pares de pies corrían a abrazarlo.
Elías siempre traía un libro en la mano, de la escuela o de la biblioteca, cualquiera.
—Mire, don Walter —decía emocionado—, hoy aprendimos esto…
Y se ponía a leer en voz alta, palabras que Walter a veces entendía y a veces no, pero que le llenaban el cuarto de algo distinto al cansancio.
Graciela se sentaba en la mesa coja con un lápiz casi sin punta y hojas recicladas. Dibujaba casas con ventanas grandes, árboles frondosos, soles enormes.
Casas más bonitas que cualquier cosa que ellos tuvieran.
Walter les daba su comida incluso cuando la alacena quedaba casi vacía. Remendaba el suéter de Elías con puntadas torpes. Guardaba monedas en una taza para poder comprarle zapatos a Graciela cuando se le abrieran los que traía.
En los inviernos más duros, cuando el calentador dejaba de funcionar con un quejido, los apretaba contra su pecho fingiendo que él no tenía frío.
Los chismes en el edificio no paraban.
—Ese viejo va a acabar en la calle con esos chamacos —decía uno en la tiendita.
—Un moreno criando dos güeritos —siseaba otro—. A la primera oportunidad lo van a pisotear.
Walter escuchaba, pero elegía guardar silencio.
En lugar de contestarles a ellos, les hablaba a los niños.
Les enseñó a dar la mano con firmeza, a mirar a los ojos, a decir “buenos días” incluso cuando el mundo les diera la espalda. Les explicó cómo contar las monedas del mandado, cómo defenderse con palabras antes que con golpes.