—Puede que sí —admitió—. La cárcel cambia a las personas. Igual que la guerra. Pero el amor que te tiene, eso no va a cambiar. Eso es para siempre.
—¿Como tu promesa de cuidarme? —preguntó ella.
—Exactamente igual.
Lili coloreó en silencio un rato. Luego levantó la mirada.
—Tío Oso… los niños del cole dicen que la gente de las motos son malos.
—¿Y tú qué piensas? —preguntó él.
Ella miró su chaleco, los parches que hablaban de años de servicio y de amigos caídos. Miró sus manos enormes abriendo con paciencia la pajita de su batido. Miró sus ojos, que siempre se ablandaban cuando ella se reía.
—Creo que los malos son los que juzgan solo por la ropa —decidió—. Tú me has enseñado que lo que importa es cumplir las promesas. Ser leal. Proteger a quien necesita ayuda. Eso es lo que hacen los buenos. Da igual si tienen moto o no. Eso es lo que hacen los soldados. Eso es lo que hacen las familias.
Oso tuvo que apartar la vista un momento, parpadeando rápido. Aquella niña de siete años entendía el honor y la hermandad mejor que muchos adultos.
—Así es, pequeña. Eso es exactamente.
El sol entraba por los ventanales del restaurante, bañando su mesa del rincón como si fuera un pequeño santuario. Un hombre enorme, lleno de cicatrices y tatuajes, y una niña diminuta compartiendo dos menús infantiles, agarrándose el uno al otro en un mundo que parecía empeñado en separarlos.