Cada sábado, aquel hombre enorme y lleno de tatuajes se encontraba con una niña pequeña en un restaurante de comida rápida, y al final el encargado decidió llamar a la policía.
El gigante con chaqueta de cuero, dibujos de calaveras en los brazos y una cicatriz cruzándole la cara llevaba yendo allí seis meses. Siempre pedía dos menús infantiles. Siempre se sentaba en la misma mesa del rincón, donde una niña de siete años aparecía, como un reloj, exactamente a mediodía.
Otros clientes se quejaban de que “daba miedo” y que “no era apropiado que estuviera cerca de niños”, sobre todo cuando la niña corría hacia él gritando “¡Tío Oso!” y se trepaba a sus enormes brazos como si fuera el lugar más seguro del mundo.
Ayer, tres agentes de policía entraron para investigar lo que todos daban por hecho: que era un hombre peligroso que estaba “cazando” a una menor. Pero lo que descubrieron dejó el restaurante en un silencio absoluto.
La niña, a la que llamaremos Lili, vio primero a los policías. Su carita se quedó blanca.
Agarró el brazo del hombre con sus manos diminutas.
—¿También te van a llevar a ti? —susurró—. ¿Como se llevaron a papá?
El hombre —al que todos allí conocían solo como Oso— apoyó con cuidado su enorme mano en la cabeza de la niña.
—Nadie me va a llevar a ningún sitio, princesa. No hemos hecho nada malo.
Pero sus ojos ya estaban calculando salidas. Observando las manos de los agentes. Midieron distancias casi sin pensarlo.