Los testigos afirman que el ranchero se quedó paralizado durante varios segundos, observándola como si tratara de decidir si se trataba del destino, del peligro o de una súplica que ya no podía ignorar a pesar de la fría practicidad de la vida fronteriza.
La viuda explicó que esa semana había tocado la puerta de todas las cabañas de Bitter Mesa pidiendo trabajo de lavandería, de cocina, de barrido o cualquier tarea que le permitiera ganar una sola moneda para comprar pan.
En cambio, los peones de rancho y los comerciantes habían cerrado sus puertas por miedo o prejuicio, murmurando excusas sobre la escasez mientras se escondían detrás de la prosperidad que custodiaban como dragones egoístas en su pequeño y polvoriento reino.
Valley sintió que la ira le ardía bajo las costillas mientras escuchaba, porque incluso en una tierra gobernada por las dificultades, negarle a una madre y a su hijo la bondad básica era una crueldad que no esperaba de gente supuestamente civilizada.
Notó que las manos de la viuda temblaban, no de miedo, sino de un cansancio tan profundo que parecía grabado en sus huesos, revelando cuántas noches había pasado sin comer para que su hija pudiera sobrevivir.
Mientras la gente del pueblo observaba desde los porches y las ventanas, Valley se quitó el sombrero, hizo una leve reverencia en señal de respeto y dijo: “Dime qué puedes hacer y te pagaré el doble, porque la dignidad no debería ser algo por lo que una familia tenga que mendigar”.
Los ojos de la viuda se abrieron con incredulidad, y varios habitantes del pueblo murmuraron enojados, irritados porque el ranchero había expuesto públicamente su mezquindad con un solo acto de compasión en una calle que, según ellos, era respetable.
Valley levantó a la niña en sus brazos, sorprendido de lo liviana que era, dándose cuenta de que el hambre había reducido su peso a casi nada, como si el hambre hubiera intentado borrar toda su existencia.