—¿Cómo que no?
Se encogió de hombros.
Como si hablara del clima.
—Todo este tema ha generado demasiado estrés. Es mejor dejarlo atrás.
Sentí que el corazón me caía al suelo.
—¿Dejarlo atrás?
—Sí.
—¿Los 25.000 dólares?
—Bueno… tú decidiste ayudarnos.
La observé, esperando una sonrisa.
Una señal de que estaba bromeando.
Pero no la hubo.
Estaba hablando completamente en serio.
—No fue un regalo —respondí.
—Eso depende de cómo lo veas.
Aquellas palabras me atravesaron como una cuchilla.
No porque estuviera perdiendo dinero.
Sino porque entendí exactamente lo que estaba ocurriendo.
Mi hermana estaba reescribiendo la historia.
Transformando un préstamo acordado por ambas partes en un supuesto acto de generosidad unilateral.
Como si todo hubiera sido una donación.