Como si nunca hubiéramos hablado de devolverlo.
Como si mis sacrificios no hubieran existido.
Lo peor fue que no mostró culpa.
Ni vergüenza.
Ni remordimiento.
Solo una tranquila convicción de que tenía derecho a quedarse con todo.
En ese instante comprendí algo doloroso.
La persona sentada frente a mí ya no era la hermana que recordaba.
No era la niña a la que defendía en la escuela.
No era la joven con la que compartí cumpleaños, secretos y momentos difíciles.
Era alguien dispuesto a aprovecharse de mi confianza para evitar asumir sus responsabilidades.
Terminamos el café en silencio.
No hubo gritos.
No hubo insultos.
No hubo escenas.
Simplemente me levanté.
La miré una última vez.
Y me fui.
Desde entonces no hemos vuelto a hablar.
Algunas personas creen que nuestra relación terminó por dinero.
Pero están equivocadas.