—No es nada.
Pero lo supe.
Días después, el diagnóstico lo confirmó todo:
Cáncer avanzado.
No había heredero que esperar.
No había tiempo.
Verónica murió seis meses después.
El día del funeral, su familia apareció vestida de negro… y de ambición.
Pero no contaban con una cosa.
El testamento.
Yo leí en voz alta:
—“A Alejandro Mendoza, mi esposo, le dejo la administración total de mis bienes, con la obligación irrevocable de proteger y educar a mi nieta, Sofía Salgado, hasta que cumpla 25 años.”
La sala estalló en gritos.
Pero era legal.
Irrevocable.
Hoy tengo 25 años.
Sofía me llama “Ale”.
La acompaño a la escuela, le preparo el desayuno y le cuento historias de la mujer extraordinaria que fue su abuela.