Llevo 21 años trabajando en Nochebuena para huir de mi soledad, hasta que salvé al jefe de mi hijo y todo cambió.

 

 

Levanté una mano para detenerla, sin que mi sonrisa flaqueara ni un milímetro.

—Vete a Galicia con tu familia, Sara. Ahí es donde tienes que estar.

—¿De verdad? ¿Estás segura?

—Estoy segura. —Le di unas palmaditas en el brazo, sintiendo la tensión de sus músculos—. Ve y disfruta de la abuela de tu marido. Crea recuerdos mientras puedas, niña. Eso es lo único que nos queda al final.

Sara se lanzó a mis brazos en un abrazo impulsivo que me tomó por sorpresa. Olía a perfume floral y a esperanza.

—¡Muchas gracias! Eres increíble, Linda. Te traeré una caja de pastas de allá.

Me solté con delicadeza.

—Solo quiero ver esa sonrisa en tu cara cuando vuelvas.

Cuando Sara se fue, prácticamente flotando de gratitud por el pasillo, me quedé sola de nuevo. A través del cristal, las luces navideñas de la Castellana empezaban a parpadear. Esta sería mi décima Navidad consecutiva trabajando el turno de noche. No, miento. Sería la vigésima primera, si contamos todas las veces que busqué excusas para no estar en casa.

El recuerdo surgió sin permiso, como una vieja herida que se abre con el frío.

Hace diez años, David, mi marido, murió. Era bombero aquí en Madrid. Falleció en el incendio de un almacén industrial en Vallecas; entraron cinco bomberos, pero solo salieron tres. David se quedó dentro asegurándose de que no quedara ningún civil. Murió como vivió: siendo un héroe para todos, menos para los que le esperábamos en casa para cenar.

 

 

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