—¡Llegó Marcos!
—¡Marcos!
—¡Marcos!
Los niños corrieron hacia él.
Algunos lo abrazaron.
Otros le mostraron dibujos.
Entonces comprendí.
No era un paciente.
Era voluntario.
La recepcionista se acercó a mí.
—Viene aquí todas las noches desde que perdió a su esposa.
Miré a Marcos.
Uno de los niños estaba sentado sobre sus hombros.
Otro le tiraba de la manga.
Y él sonreía.
—Laura murió aquí —continuó la mujer—. Antes de fallecer le pidió que nunca dejara solos a estos chicos.
Sentí un nudo en la garganta.
Marcos se acercó.
—La mesera es hermana de una enfermera de este hospital.
Fruncí el ceño.
—¿Ella sabía quién eras?
—Sí.
—¿Y por qué escribió esa nota?