Mientras los sanitarios se llevaban a Elena, algo en su interior se rompió. No solo el miedo: también un desconcierto profundo. Porque en medio del pánico, el juez Herrera observó su collar… y sintió que lo había visto antes.
Aquella noche, mientras Elena luchaba por mantener la vida de su bebé, recibiría un mensaje anónimo que cambiaría el rumbo de todo:
Elena despertó en la habitación del Hospital La Paz rodeada de máquinas silenciosas y un monitor fetal que marcaba un ritmo irregular. El dolor seguía latente, pero era la angustia lo que la mantenía despierta. Su móvil vibró con mensajes de desconocidos insultándola, repitiendo la versión manipulada que Javier había difundido: que la caída había sido un accidente. No quiso leer más.
Horas después, la puerta se abrió. El juez Santiago Herrera entró, con el rostro serio pero los ojos cargados de algo más: duda, esperanza, culpa.
—No estoy aquí como juez —dijo suavemente—, sino como un hombre que cree… que quizá seas su hija.
Elena se quedó helada. Su madre, fallecida dos años atrás, jamás quiso hablar del pasado. Siempre evitaba el tema de su padre. Temblando, Elena tomó la fotografía que Santiago le ofrecía: una mujer joven, idéntica a su madre, abrazaba a un Santiago veinteañero. Y en su cuello… el mismo collar que Elena llevaba desde niña.
Antes de que pudiera responder, llegó María Cifuentes, una abogada especializada en violencia de género recomendada por el juez.
—Tu caso es más grande de lo que imaginabas —dijo abriendo una carpeta llena de documentos—. Javier tiene antecedentes encubiertos. Hace cinco años, su anterior pareja apareció muerta tras una “caída accidental”. Los informes médicos fueron alterados. Y Lucía estuvo presente días antes de su muerte.
Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Creéis que podría…?
—Sí —respondió María con firmeza—. Y lo intentará de nuevo. Por eso debemos actuar antes que él.