Al poco tiempo llegó un detective retirado, Miguel Robles, quien había llevado la investigación de la ex pareja de Javier antes de ser apartado del caso sin explicación. Traía declaraciones de vecinos, del portero del edificio y de un conductor que había visto discusiones violentas.
—Todo encaja —dijo—. Y esta vez no nos van a callar.
La enfermera Laura Benet, testigo del estado de las mujeres atendidas en años anteriores, añadió pruebas médicas que habían sido omitidas deliberadamente.
Frente a tanta información, Elena sintió mareo. Su vida, ya rota, adquiría dimensiones que jamás imaginó: abuso, corrupción, poder, silencio… y ahora, un posible padre perdido durante décadas.
El juez Herrera colocó una prueba de ADN sobre la mesa.
—No te presionaré —susurró—. Pero si quieres la verdad, estoy aquí.
Elena, temblando, aceptó.
Tres días después, el resultado llegó: positivo.
El juez Santiago Herrera era realmente su padre.
Y ahora, unidos, estaban listos para enfrentar al hombre que casi destruye sus vidas.
Tres semanas después, el caso estalló en todos los medios españoles. La defensa mediática de Javier se derrumbó cuando Elena apareció en una breve entrevista, sin maquillaje, con voz suave pero firme:
—Solo quiero que mi hija nazca a salvo.