Ángel lo miró sin desafío, sin miedo actuado. Solo con calma.
—Don Mateo está fuera de peligro.
Nadie reaccionó al principio, como si la frase no cupiera en la realidad.
Entonces salió Valdés y lo confirmó:
—Es verdad. La cirugía fue un éxito. Y fue gracias a este muchacho.
El lobby estalló. Cámaras. Preguntas. Flashazos.
El Lobo miró a Ángel fijo… y pasó algo que nadie esperaba: el hombre más temido de la organización se dobló y se arrodilló.
—Doctor… yo lo amenacé —dijo, con una voz gruesa—. Si quiere, me cobra. Pero usted le devolvió la vida a mi jefe.
Ángel lo tomó del brazo y lo levantó.
—No me interesa que seas esclavo de nadie. Solo… deja ir a mi papá. Está aterrorizado.
Don Chema corrió y abrazó a Ángel como si lo estuviera recuperando de la muerte. Lloró sin vergüenza.
—Mi hijo… mi hijo doctor…
Pero la historia no iba a terminar con aplausos.
Porque el verdadero villano no siempre es un hombre con pistola.
A veces es un uniforme. Un sello. Una ley escrita para proteger, pero usada para aplastar.
El sonido de una patrulla cortó el ruido. Entró el inspector Ramírez con dos agentes. Traía cara dura, de esas que no miran a los ojos porque ya decidieron.
—Ángel Aguirre —dijo.