Ángel asintió.
—Queda arrestado por realizar un procedimiento médico sin licencia.
La multitud se apagó. Don Chema se lanzó hacia el inspector y se hincó.
—¡Mi hijo salvó una vida, señor!
Ramírez lo levantó con cuidado, como a un anciano.
—Lo sé. Pero la ley no trabaja con emociones. Sin título y sin cédula, esto es delito.
El Lobo dio un paso adelante, amenazante.
—Ni lo toque…
Ángel puso una mano en su hombro.
—No. Déjalo. Si hoy hice lo correcto, no necesito huir. Que la verdad aguante el peso.
Extendió las muñecas. Le pusieron las esposas.
Las mismas manos que sostuvieron un corazón… ahora sonaban a metal.
Las cámaras transmitieron en vivo: “Salvó una vida y terminó esposado.”
La ciudad se partió en dos. Pero en los barrios, donde la gente sabe quién es quién sin necesidad de diplomas, se levantaron voces. Hubo marchas. Hubo pancartas. Hubo un clamor sencillo: “Liberen a Ángel.”
Ángel pasó dos noches en una celda fría. No lloró. Pensó. En su padre. En esa arteria. En esa decisión.
Y en el fondo, una pregunta: ¿vale la pena salvar a un monstruo si el monstruo te traga?
La respuesta no llegaba con palabras, sino con la paz que sentía por haber hecho lo correcto.
Al tercer día, en el piso VIP del hospital, hubo movimiento. Don Mateo Salgado despertó. Miró alrededor, máquinas, tubos, rostros nerviosos.
El director del hospital, doctor Rojas, se acercó con sonrisa pegajosa.