El niño que confundieron con un mendigo resultó ser médico. Y entonces hizo lo que hizo.

 

 

 

—Señor Salgado, gracias a nuestra instalación de primer mundo…

Mateo lo cortó con una mirada.

—No me vendas humo. Yo vi el miedo en tus ojos antes de apagarme. ¿Quién me salvó?

El secretario Mejía tragó saliva.

—Fue… un muchacho, señor. Hijo del señor del té de enfrente. Estudiante. Él hizo el procedimiento. Y… el hospital lo denunció. Está detenido.

La pantalla del monitor se aceleró con el impulso del enojo.

Mateo intentó arrancarse el suero.

—¿Cómo que está detenido? ¿Mi salvador en la cárcel y ustedes aquí colgándose medallas?

Se oyó su voz, débil, pero con el mando intacto.

—¡Lobo!

El Lobo apareció de inmediato.

—Aquí, jefe.

—Llama al comisionado. Ya. Y dile que si ese chamaco tiene un rasguño… compro este hospital y lo convierto en cenizas.

Media hora después, Ángel salió bajo fianza. La ley, doblada por el poder. La ironía era amarga, pero real.

Esa tarde lo llevaron al cuarto VIP. No esposado. No empujado. Caminando como quien entra en un examen final.

Dentro estaban Rojas, Valdés y varios “importantes”.

Don Mateo lo miró con atención: ropa sencilla, rostro firme, ojos limpios.

—Así que tú eres el “mago” —dijo, con una media sonrisa—. ¿Dicen que eres hijo del del té?

—Sí, señor.

 

 

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