En su mente apareció una técnica rara que había encontrado en un artículo viejo, traducido, de un journal extranjero: una forma de “anudado” suave del alambre para deslizarlo sin perforar.
El sudor le cayó a la pestaña. No parpadeó.
Todo el quirófano contuvo el aire. Afuera, el Lobo sostenía la pistola. En la calle, un padre rezaba.
Y en ese instante, Ángel sintió el alambre cruzar.
—Ya… —susurró—. Cruza.
En la pantalla, la línea pasó el bloqueo.
Valdés abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma.
—Imposible…
El monitor, que estaba a punto de volverse una línea recta, se levantó. El ritmo regresó. De pronto, la presión se estabilizó.
—Flujo al cien… —dijo una enfermera, con voz temblorosa—. Está regresando.
Ángel retiró lentamente las manos. Ahora sí le temblaban las piernas. No por miedo… sino porque la adrenalina se estaba retirando y dejando el cuerpo vacío, como después de un incendio.
Valdés se acercó y, detrás del cubrebocas, se le quebró algo en la mirada.
—En treinta años… no he visto manos así. Hoy no solo salvaste a Salgado. Salvaste la dignidad de esta sala.
Ortega no dijo nada. Bajó la vista.
Ángel respondió sin celebrar.
—Todavía falta salir vivo de aquí, doctor.
Cuando las puertas automáticas del quirófano se abrieron, el pasillo estaba repleto: prensa, policías, escoltas, personal del hospital. En una esquina, Don Chema, pequeño y tembloroso.
El Lobo se adelantó, con ojos de sangre.
—¿Qué pasó? —rugió—. ¿Vive o no vive?
El silencio fue tan profundo que parecía que la lluvia afuera había dejado de caer.