Ángel cerró los ojos un segundo. Vio la cara de su padre y su changarro. La vida que les tocó. La vida que él quería romper para construir otra.
Los abrió.
—No me voy a echar para atrás.
Tomó el instrumental. Sus manos estaban quietas. No porque no tuviera miedo, sino porque su miedo tenía dirección.
La pantalla mostró el infierno: la coronaria izquierda bloqueada, el famoso “mata-viudas”. El alambre guía no pasaba. Ese era el punto donde los doctores se habían rendido.
Ortega se burló con veneno.
—A ver, Einstein… ¿y ahora? ¿Vas a hacer magia?
Ángel no contestó. Tomó un alambre más fino. Más flexible. Y habló, más para organizar su mente que para convencer al cuarto:
—Retrogrado. Por colaterales. Desde atrás.
Valdés se tensó.
—No. Las colaterales se rompen. Es demasiado riesgoso.
Ángel ya estaba en ello. Sus ojos no se despegaron de la pantalla. Movía el alambre con una precisión delicada, como si tocara una cuerda de guitarra que se puede romper con un soplido.
El monitor chilló.
—¡Presión bajando! ¡60/40! —gritó el anestesiólogo.
El pánico se encendió. Ortega se lanzó hacia Ángel, intentando quitarle el catéter.
—¡Basta, chamaco! ¡Lo estás matando!
Ángel lo empujó con el codo, sin apartar la vista.
—¡Si paro ahora, se muere seguro! ¡Déjenme trabajar!
Su voz no sonó como la de un estudiante. Sonó como la de un cirujano que ya decidió.