—Si dices que puedes… entras —gruñó—. Pero mírame bien.
Sus ojos se clavaron en los de Ángel como garras.
—Si mi jefe se muere por tu culpa… yo mismo voy a despedazar a tu papá y te voy a hacer suplicar por una bala. ¿Entendido?
El aire se volvió piedra. Afuera, Don Chema, detrás del vidrio, quería gritar… pero se ahogaba en su propia garganta.
Ángel tragó saliva, sintiendo el temblor en las piernas… pero su voz salió firme.
—Entendido.
Luego, miró al Lobo sin parpadear.
—Y si lo salvo… usted no se mete en mi trabajo.
Valdés no parecía convencido. Pero no tenía opciones. La ciencia ya había perdido por miedo. Y el miedo, en ese hospital, era más caro que cualquier factura.
—Llévenlo a lavarse —ordenó Valdés, casi susurrando—. Si quiere morir… que muera intentando.
Las puertas del quirófano se cerraron.
La luz roja se encendió.
Y el “chico del té” se quedó solo con el corazón más temido de la ciudad.
Dentro del quirófano, el mundo era distinto: pitidos, aire frío, metal, manos enguantadas. Don Mateo parecía un gigante dormido, pero el monitor no mentía: ritmo irregular, caída de presión, alarma.
Los cirujanos veteranos miraban a Ángel como a un intruso.
—Esto es una locura —soltó el doctor Ortega, uno de los más antiguos—. Si se muere en la mesa, nos matan a todos.
Valdés, con el rostro húmedo pese a los 18 grados, le habló a Ángel.
—Aún puedes echarte para atrás. Aquí no hay “deshacer”.