Esquivó seguridad como quien ha aprendido a moverse invisible. Cruzó los vidrios automáticos. Llegó a recepción con el pecho ardiendo.
—¿Dónde está Mateo Salgado? ¿En qué sala? —preguntó.
La recepcionista lo miró de arriba abajo, desprecio rápido: ropa humilde, cabello mojado de sudor.
—¿Y tú quién eres? ¿El del té? ¡Fuera! Aquí hay un caos.
—Soy estudiante de medicina. Puedo ayudar. Sé lo que está pasando y cómo…
Risas. Un guardia lo sujetó del brazo y lo empujó.
—Mira nomás… los doctores de oro temblando y este chamaco del té dice que va a operar. Lárgate, o te quiebro aquí mismo.
Ángel casi cae. Sintió el golpe como humillación más que como dolor. Los ojos le ardieron… pero no por él. Por el paciente que se apagaba.
Se irguió. Y alzó la voz con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡El doctor Valdés tiene miedo de hacer una angioplastia retrógrada porque cree que se va a romper la arteria! Pero se puede entrar por colaterales sin reventarlas. ¡Yo he leído investigaciones recientes, sé la técnica!
El lobby se quedó mudo.
Alguien dejó de grabar por un segundo. Otro dejó de reír. Porque aquel muchacho estaba usando palabras que no se inventan.
Y entonces apareció el doctor Valdés, justo en ese momento, caminando como quien va a anunciar una derrota. Se detuvo al oírlo.
—¿Qué dijiste? —preguntó, con incredulidad.
Ángel lo miró directo.
—Soy Ángel Aguirre. Final de carrera. Usted mismo dijo en clase que cuando todos los caminos parecen cerrados, hay que tomar el que parece imposible… pero correcto. Don Mateo no tiene tiempo, doctor. Déjeme intentarlo.
Un hombre avanzó desde el grupo de escoltas. Grande, cuello ancho, mirada de cuchillo. Traía una pistola visible y una fama que daba escalofríos: “El Lobo” Navarro, la mano derecha de “El Tigre”.
El Lobo se puso frente a Ángel.