Me quedé cerca de la entrada, de la mano de Lily. Llevaba un sencillo vestido negro, mimetizándome con las sombras como siempre. Era el fantasma del festín.
“¡Papá!” chilló Lily cuando lo vio.
Antes de que pudiera detenerla, se soltó de mi agarre. Corrió hacia el podio; sus pequeñas zapatillas rechinaban en el suelo de mármol pulido.
“¡Lily, espera!” grité, pero la música —una pieza orquestal creciente que buscaba inspirar grandeza— me ahogó.
Lily llegó al podio. No vio a la señora; solo a su padre. Corrió a abrazar la pierna de Mark, pero en la emoción, tropezó. Su pie se enganchó en la larga y ondulante cola del vestido de seda blanca de Sarah.
Sarah se tambaleó hacia adelante. Fue un movimiento torpe y brusco. Se agitó, intentando recuperar el equilibrio. El vino de su copa no se derramó sobre su vestido. No se derramó en el suelo.
—¡Pequeño mocoso! —gritó Sarah.
No fue un grito de sorpresa. Fue pura rabia desenmascarada. Era el sonido de un narcisista al que le habían robado el protagonismo.
Ella bajó la mano formando un arco brutal.
GRIETA.
La pesada copa de cristal se hizo añicos contra la sien de Lily.
El sonido fue repugnante: un crujido húmedo de vidrio al chocar con un hueso que pareció detener el tiempo. El vino tinto oscuro explotó, mezclándose al instante con la brillante y aterradora sangre arterial que brotaba de la frente de mi hija.
Lily cayó al suelo como una marioneta con los hilos cortados. Sus ojos se pusieron en blanco. No lloró. Estaba demasiado aturdida, o demasiado herida, para emitir un sonido. Simplemente permaneció allí, un pequeño montículo de color sobre el frío mármol.
La música se detuvo. La charla se apagó. La sala se quedó sin aliento como una sola entidad.