Pero la Sra. lo hizo. Carter lo salvó.
Pasaron las semanas, Lily fue puesta en un hogar de acogida y poco a poco sanó: no solo la herida, sino también su confianza en sí misma y en el mundo. No todos los días eran fáciles, pero estaba rodeada de personas que la amaban de verdad.
El último día de clases antes de las vacaciones, la Sra. Carter se sorprendió cuando alguien la abrazó por detrás.
Lily, sonriente, lleva un vestido sencillo: sin abrigo.
—Se acabó, Maestro —dijo—. Ya no necesito abrigo. Ya estoy a salvo.
Al final, en esa pequeña aula, la Sra. Carter demostró una cosa: un maestro, incluso si no tiene superpoderes, es la primera persona en la que podemos apoyarnos cuando un niño lo necesita.
Y a veces, una pequeña corazonada salva una vida.