“¿Ya te limpiaron las suelas, señor?” escuché que alguien dijo, entre risas, justo antes de ver a mi esposa tirada en el tapete de bienvenida como si fuera un trapo viejo.
Esa noche llegué sin avisar a la casa del lago, en Valle de Bravo. Llovía con esa lluvia helada que se mete en los huesos y te hace dudar de todo… menos del coraje. Venía de Zúrich, con el pecho cosido por dentro y por fuera, con la cicatriz todavía sensible, y un cansancio que no le deseo a nadie. En el aeropuerto no dije nada, ni a Beatriz, ni a mi hija Ximena, ni —mucho menos— a Bruno, mi yerno.
Yo, Héctor Salcedo, setenta y dos años, cuarenta dedicados a levantar una empresa de logística que movía contenedores desde Manzanillo hasta Veracruz como si fueran cajas de cereal. Pensé que si me guardaba el susto del corazón, los protegía. Qué ironía.
El taxi subió la terracería mientras la música se escuchaba desde la reja, un bajo retumbando como antro. Y cuando vi las camionetas y los deportivos alineados —Mercedes, Porsche, una Tahoe con vidrios polarizados— sentí la primera punzada: ahí adentro no había “tranquilidad”. Había fiesta.
Yo había dejado muy claro: nada de reuniones, nada de gente extra, Beatriz necesitaba paz. Pero al parecer mi palabra, en mi propia casa, valía menos que el hielo de un whisky.
Caminé cojeando hacia la entrada, agarrándome del bastón como si fuera un ancla. El viento olía a tierra mojada y pino. Cuando subí los escalones de piedra, vi un bulto oscuro pegado a la puerta, encogido contra el frío.
Me acerqué pensando: “¿una chamarra tirada? ¿un perro?” Y el bulto tembló.
Me arrodillé ignorando el jalón en el pecho. Jalé la capucha con cuidado… y el aire se me fue.
Era Beatriz.
Beatriz, mi esposa desde 1985, la mujer que me acompañó cuando yo era chofer y desayunábamos un café del Oxxo para aguantar el turno. Beatriz, la que se arreglaba con un vestido sencillo y parecía reina. Ahí estaba: pelo pegado, sucia, labios morados, las manos apretando un pedazo de pan duro como si fuera oro.
“Bea… soy yo”, susurré.
No me reconoció. Se encogió más, como animal asustado, y apretó el pan contra el pecho. Olía a humedad y a abandono. Eso no se olvida.
Y entonces la puerta se abrió de golpe y salió el calor, la luz, y el descaro.
Bruno apareció con un saco entallado, copa en mano, sonrisa de “todo es mío”. Detrás de él venían parejas arregladas, mujeres con vestidos brillosos, hombres perfumados. Gente de dinero. O de pose.
Bruno bajó la mirada y vio a Beatriz en el piso.