Ni sorpresa. Ni preocupación. Solo fastidio.
“Cuidado, eh”, dijo alto, teatral. “No se me vayan a manchar. Es la… sirvienta.”
Se soltaron risitas incómodas.
Una mujer preguntó: “¿Está… durmiendo afuera?”
Bruno se encogió de hombros. “Le gusta. Está loquita. Dice que adentro le ‘da ansiedad’… y pues ya ven, no queremos que arruine los sillones.”
Y ahí, frente a todos, levantó el pie. Traía unos mocasines de piel que yo le regalé el año pasado. Los usó como si fueran trapo: los restregó contra la manga del suéter mugroso de Beatriz para limpiarse el lodo.
Se rió.
Yo no grité. No hice escándalo. A veces el silencio es la forma más fuerte de entrar a una guerra.
Di un paso hacia la luz. La lluvia me goteaba del sombrero. El bastón golpeó la piedra.
La risa se murió como cuando se va la luz en plena fiesta.
Bruno se quedó helado. La copa le tembló.
“Don Héctor…” balbuceó. “Pero… usted… usted estaba…”
“Vivo”, completé, mirando sus zapatos. “Y con muy buena vista para la porquería.”
El grupo se quedó callado. Nadie sabía si reír, disculparse o salir corriendo.
Bruno reaccionó rápido. Demasiado rápido. Se puso una máscara de preocupación perfecta.
“¡Suegra!” exclamó, como si acabara de descubrirla. Se agachó, la levantó con cuidado fingido y volteó hacia los invitados. “Perdón, perdón… es una terapia. El doctor dijo que el frío mejora la circulación. Ella insiste. Ya ven cómo es.”
Beatriz ni siquiera protestó. Solo se dejó cargar, flaquita, apagada.
Yo entré detrás de ellos y lo que vi me golpeó más fuerte que la lluvia.