Mi sala… ya no era mi sala.
Los muebles de madera que traje de Guadalajara habían desaparecido. Los cuadros que coleccioné años, también. En su lugar: sillones blancos de piel como de showroom, figuras doradas horribles, paredes pintadas en un azul eléctrico que lastimaba.
Y Ximena… mi hija… estaba ahí, junto a la chimenea, con una copa de vino en mano y un collar de diamantes en el cuello.
El collar de Beatriz.
Me miró sin mirarme. Como si yo fuera visita. Como si su madre no fuera una mujer temblando.
Saqué el teléfono.
“Voy a marcar al 911. Y a una ambulancia”, dije.
Bruno se lanzó. No me golpeó; sabía que había testigos. Me agarró la muñeca, presionó un punto y sentí los dedos dormirse. El celular se fue de mi mano como si no pesara.
“No, no, no”, dijo con sonrisa dulce a los invitados. “¿Ven? El postoperatorio… la anestesia… se pone paranoico. Piensa que lo atacamos.”
Guardó mi celular en su bolsillo.
Yo lo vi a los ojos. “Dámelo.”
Bruno chasqueó los dedos. Dos hombres enormes aparecieron del pasillo, con trajes negros mal puestos y mirada vacía.
“Llévenlo a descansar”, ordenó. “Sin teléfono. Sin ruido. Le hace daño.”
“Ximena”, dije, con un hilo de voz que me dolió. “Hija… esto no está bien.”
Mi hija apretó la copa con fuerza… y se volteó hacia el fuego. Como si yo no existiera.
Ahí entendí que la traición no siempre grita. A veces solo se da la vuelta.
No me subieron al cuarto principal. Me empujaron hacia una puerta de servicio, hacia el sótano.
“Ese cuarto era mío”, alcancé a decir.
“Ya no”, susurró Bruno cerca de mi oído. “Usted está… delicado. Abajo está más tranquilito.”
Me guiñó el ojo, lento, como quien firma sentencia.
La puerta de metal cerró con un golpe. El candado tronó. Me quedé en oscuridad húmeda.