Mi yerno convirtió a mi esposa en su “sirvienta”… pero lo que hice después

Tardé unos segundos en distinguir el lugar: era mi cava… o lo que alguna vez fue. Donde antes había botellas y madera, ahora había bolsas negras, muebles rotos, herramientas oxidadas. Basura.

Y entonces volvió a abrirse la puerta. Uno de los guardias entró arrastrando algo.

Era Beatriz.

La soltó sobre unas cortinas viejas como si fuera costal.

“Que no se ensucien mucho”, dijo con burla. Y cerró.

Me arrastré hasta ella. Le abracé los hombros para darle calor. Estaba helada.

Le levanté las mangas con cuidado… y vi los moretones: círculos morados en las muñecas. Marcas de sujeción.

Le revisé el costado. Y ahí, en su piel pálida, estaba la huella embarrada de una suela. Un dibujo perfecto.

Me tembló la mandíbula de rabia.

Busqué en sus bolsillos y encontré un papel doblado, escrito con plumón rojo:

“MENÚ DEL PERRO”
Lunes: agua / noche: migas
Martes: agua / noche: caldo
Miércoles: ayuno…

Se me nubló la vista. Eso no era “descuidado”. Era crueldad con método.

Recordé mi reloj, un Omega viejo que casi nadie miraba. Lo había modificado antes de viajar: un microtransmisor para mandar señal a mi equipo de seguridad en la ciudad.

Giré el bisel, presioné la corona.

Nada.

Otra vez.

Nada.

“Jammers”, pensé, tragando saliva. Inhibidores. Alguien había convertido mi casa en un agujero negro.

Me pegué al ducto de ventilación. Arriba se escuchaban voces.

Bruno decía, tranquilo: “Solo necesito su huella. El fideicomiso libera todo con biométrico. Y si no coopera…”

La voz de Ximena, quebrada: “¿Y si… se muere?”

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