Bruno soltó una risa seca. “Pues qué crees. Ya tiene el corazón abierto. Nadie pregunta cuando un viejo se va… además, ya tenemos el documento de no reanimar.”
Me mordí el puño para no gritar. Estaban planeando mi muerte como quien planea una remodelación.
Al día siguiente me subieron a la cocina, me sentaron en un banco y me aventaron un recipiente con sobras de la fiesta: arroz apelmazado, camarones fríos, olor a alcohol rancio. Un vaso de agua.
“Come”, dijo el guardia, viendo TikTok.
Ximena estaba ahí, pálida, con café. Se veía miserable… y aun así, traía una pijama de seda como de revista.
“¿Dónde está tu madre?”, pregunté.
Ni me miró. “En el jardín… le gusta la lluvia.”
Mentira.
Y entonces pasó algo: Ximena salió corriendo al baño a vomitar. Dejó su iPad en la barra.
El guardia se rió con su teléfono. Ni volteó.
Acercarme fue como robar en mi propia casa. Deslicé la tablet, la oculté con el cuerpo. Pidió código.
El mismo de siempre: 1990, su año de nacimiento.
Entré al banco de Zúrich.
Y vi el cero.
No solo cero: números en rojo. Comisiones. Sobregiros. Transferencias enormes a plataformas de cripto, cuentas en paraísos, nombres inventados.
Quince millones… evaporados.
Sentí que el corazón —el mismo corazón recién remendado— me daba un golpe sordo.
“¿Buscando algo, Don Héctor?”
Bruno entró como si fuera dueño del aire. Tomó el iPad de mis manos con calma insultante.
“Eso es malo para usted”, dijo. “La luz de pantalla… y la paranoia.”
“Me robaste”, le escupí con voz baja. “Robaste todo.”