El amanecer la encontró despierta, sentada al borde de la cama, con el periódico en las manos. El silencio de la mansión era engañoso. Bajo esas paredes, una verdad gritaba.
Clara miró el retrato en el pasillo, donde la figura de doña Leonor sonreía con eterna dulzura, y comprendió que ya no podía callar. Ya no, porque cuando el miedo se enfrenta a la verdad, hasta la voz más humilde puede hacer temblar una mansión entera.
El día amaneció gris con una neblina que cubría los jardines como si la mansión quisiera esconderse del sol. Clara sintió el mismo peso en el pecho que había sentido al despertar desde que descubrió la nota. Ese mensaje, escrito con letra temblorosa, la atormentaba como una plegaria.
«Dile a mi hijo que no me olvide». Metió el papel entre las páginas de su pequeña Biblia, la que su madre le había dejado antes de morir. Era su único refugio. Se juró a sí misma que no descansaría hasta liberar a esa mujer, aunque le costara su trabajo, aunque le costara la vida.
Mientras limpiaba el pasillo principal, notó algo diferente. El retrato más grande de todos, el que colgaba frente a la escalera, estaba cubierto con una tela blanca. Nunca lo había visto así. Le pareció extraño.
Nadie había mencionado cambiar la decoración. Se subió a una silla y retiró la tela con cuidado. Una nube de polvo se levantó como una fina nube, y entonces lo vio. Era el retrato de una mujer con el pelo completamente blanco, mirada dulce y rostro sereno. Su expresión le resultaba familiar, demasiado familiar.
El corazón de Clara empezó a latir con fuerza. Era la misma mujer que había visto en la oscuridad del sótano. Esos mismos ojos la habían mirado desde detrás de cadenas y sombras. Doña Leonor del Monte sintió un escalofrío.
Se bajó de la silla, pero le temblaban tanto las manos que casi dejó caer el marco. Fue entonces cuando oyó el sonido de tacones detrás de ella. "¿Qué haces?", preguntó Verónica con la voz cargada de veneno. Clara se giró bruscamente.
Solo estaba limpiando, señora. Le dije que no tocara nada sin permiso. Estaba cubierto de polvo y que se quedara así, gritó Verónica, arrebatándole el paño de las manos.
Lo volvió a colocar sobre el cuadro, respirando con dificultad. No lo vuelva a tocar. ¿Entendido? Sí, señora. Pero antes de irse, Clara notó algo. Las lágrimas que corrían por el rostro de Verónica no eran de tristeza, sino de miedo.
Horas después, mientras limpiaba el estudio, oyó los pasos de Ricardo en el pasillo. Entró buscando unos documentos y la saludó con su cortesía habitual.
Todo está bien, Clara. Dudó, pero se atrevió a hablar. "Señor, ¿puedo hacerle una pregunta?" "Por supuesto. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su madre?" Ricardo levantó la vista sorprendido. "Hace años, viajó a Europa y decidió quedarse allí". "¿Por qué lo pregunta?" "Por curiosidad, señor. Vi un retrato de una mujer y pensé que podría ser ella".
Sonrió con nostalgia. "Sí, claro. Mi madre siempre fue el alma de esta casa". Clara guardó silencio. Aún no podía decirle la verdad, pero le dolía el corazón al verlo tan seguro, tan desconectado de la realidad que lo rodeaba.