Se obligó a moverse. Se arrodilló a su lado, sin importar lo impecable de su traje.
Acercó la mano al cuello de la bebé, temiendo confirmar lo evidente.
La piel estaba helada. No parecía respirar.
“Por favor que no”, pensó, cerrando los ojos un segundo.
Presionó con cuidado, buscando un pulso que parecía imposible.
Uno.
Otro.
Débil, casi un suspiro… pero estaba ahí.
—No está muerta —susurró, sintiendo que el aire regresaba a sus pulmones—. ¿Me oyes? Tu hermanita todavía está viva.
Los ojos de la niña se abrieron de par en par.
—¿De verdad? —sus labios temblaron—. Pensé que se había ido con la abuela al cielo…
Roberto no perdió más tiempo. Sacó el móvil con manos temblorosas.
—Soy Roberto Acevedo. Tengo una emergencia pediátrica —dijo cuando le contestaron del hospital—. Una niña en estado crítico. Prepárenlo todo, la llevo ahora mismo.