A Alejandro se le apretó la garganta. No era posible que ese nombre apareciera ahí, en esa calle, en labios ajenos. Nadie lo sabía. Nadie afuera.
—Lo perdí —continuó ella, mirando al oso—. Pero lo escucho en mis sueños. Llora… y luego se calla. Como si fuera un fantasma.
Sus manos empezaron a temblar. No era histeria; era pánico hondo, antiguo, encerrado.
Alejandro no la tocó. No invadió. Sólo dijo, despacio:
—No es un fantasma. Es real. Y… te extraña.
Ella parpadeó. Por un segundo, los ojos se le llenaron de agua sin caer.
Alejandro se puso de pie.
—Voy a volver mañana —dijo—. Si está bien.
No hubo respuesta, pero el abrazo al oso se aflojó apenas. Y esa mínima rendija fue suficiente para que Alejandro supiera: esta vez no iba a huir.
El giro dramático llegó dos noches después.
Cuando Alejandro apareció con comida caliente y una cobija nueva, encontró la calle revuelta: una patrulla, un par de policías y la mujer contra la pared, la carriola volcada. El oso estaba en el suelo, mojándose en un charco.
—Es que estaba estorbando —decía un policía, impaciente—. Aquí no se puede.
La mujer balbuceaba, tratando de recoger al oso, como si le hubieran arrancado el corazón.
Alejandro sintió una furia limpia, distinta a cualquier enojo de oficina.
—¡Alto! —dijo, poniéndose entre ellos—. Ella no está haciendo daño. Yo me hago responsable.
Los policías lo miraron, midiendo su ropa, su voz, su postura. Alejandro sacó su credencial, habló con calma pero con filo. La escena se desinfló, como una amenaza que no encontró presa fácil.
Cuando por fin se fueron, la mujer estaba encogida, temblando. Alejandro levantó el oso con cuidado, lo sacudió y se lo devolvió como si devolviera un bebé.
—No te van a lastimar —dijo—. No mientras yo esté aquí.