Ella lo miró, por primera vez de frente. Y en esa mirada —rota pero viva— Alejandro vio un destello que lo atravesó.
—¿Cómo me llamo? —preguntó ella, casi inaudible, como quien teme la respuesta.
Alejandro tragó saliva.
—Daniela —dijo—. Daniela Benítez.
Los labios de ella se abrieron con sorpresa, con terror, con una esperanza que parecía prohibida.
—No… —susurró—. Ese nombre… me duele.
—Porque es tuyo —contestó Alejandro, y la voz se le quebró—. Y porque hay alguien que lo ha estado esperando.
No la llevó a su casa de inmediato. Alejandro entendió, con una claridad dolorosa, que los palacios también asustan. Rentó un departamento pequeño y cálido cerca de Coyoacán. Luz suave. Sábanas limpias. Una enfermera de guardia, Alma, con manos gentiles y cero prisa. Té de manzanilla. Miel. Silencio seguro.
Daniela se sentó en la orilla de la cama como si pudiera despertar en cualquier momento y descubrir que todo era mentira. Sus dedos no soltaron al oso.
Al día siguiente, Alejandro llevó a Leo.
El niño entró despacio con su mochila colgando y su leoncito de peluche contra el pecho. Vio la sala, el librero con cuentos, el piano viejo junto a la ventana… y luego la vio a ella, sentada con las manos en el regazo.
Daniela levantó la mirada. Sus ojos no reconocieron de inmediato. Había cortes en su memoria, huecos como páginas arrancadas.
Leo no habló. Se acercó, muy serio, y puso su leoncito en la cama… junto al oso viejo de Daniela.
Dos peluches gastados, dos sonrisas cosidas, dos cicatrices en la tela.
Daniela estiró las manos, temblando, y tocó ambos, como si fueran llaves.
—¿Por qué siento… que te conozco? —preguntó, con voz hecha de miedo.
Leo dio un paso final y la abrazó.