Alejandro sintió que el pecho se le partía.
Abrió otro archivo: el reporte del accidente. El puente resbaloso. La madrugada. El coche hecho trizas. Daniela Benítez Salazar, desaparecida. Presunta fallecida. Nunca hubo cuerpo. Sólo metal retorcido, vidrio, sangre, un abrigo quemado.
Y un detalle, perdido entre tecnicismos, brilló como una mala estrella: Patrón de quemadura y ruptura de cristal consistente con impacto en lado del copiloto.
Impacto. Ruptura. Cicatriz.
La mujer de la calle tenía una cicatriz en el mismo lugar donde el vidrio habría cortado.
Alejandro cerró la laptop despacio, como si el clic fuera un disparo.
—Dios mío… —susurró.
Y entonces, por primera vez en cinco años, una idea le ganó al miedo: ¿Y si Daniela está viva… y yo la ignoré?
Al día siguiente, Alejandro regresó.
No iba de traje. No llevaba el olor de las fiestas ni el escudo de los relojes caros. Llevaba un abrigo gris, una bufanda sencilla y un vaso de té caliente. Caminó por la misma calle lateral, donde las sombras parecían quedarse a vivir.
Ahí estaba ella, sentada junto a la carriola oxidada, abrazando el oso como si fuera lo único que no se iba a romper.
Alejandro se agachó a una distancia respetuosa y dejó el vaso en el piso, entre ambos, sin empujarlo.
—Yo… conocí a alguien —dijo en voz baja— que cantaba esa canción.
Los hombros de la mujer se tensaron apenas. No lo miró del todo. Sus ojos se movieron como si buscaran un recuerdo detrás de un muro.
Alejandro respiró hondo.
—¿Tienes un hijo?
Silencio.
Luego, un movimiento mínimo. Un asentimiento.
—Sí —susurró ella—. Se llama… Leo.