—Vámonos —dijo rápido, como si alejarse pudiera desmentir la realidad.
Pero ya no jaló a Leo. Ya no pudo.
Porque en ese espacio raro entre un paso y el siguiente, algo que había sido sólido y lógico dentro de él empezó a agrietarse.
A la mañana siguiente, el viento de diciembre se metía hasta los huesos. La mujer —que en su mente aún no tenía un nombre fijo— se había acomodado cerca de una panadería cerrada, bajo un toldo que apenas cortaba la corriente. Mececía la carriola con un ritmo suave, como una cuna improvisada.
—Hoy hace frío, mi niño —le decía al oso—. Pero vamos a encontrar un lugar más calientito. Mamá promete.
No alzaba la voz. Las voces llamaban miradas y las miradas no eran amables. La gente dejaba monedas, a veces un bolillo mordido, una bolsa con tamales. Ella siempre decía “gracias” con educación y, cuando le daban comida, partía pedacitos y los colocaba en la carriola.
—Él también tiene hambre —explicaba, sin vergüenza y sin pedir.
No suplicaba. No mendigaba. En su lógica, las madres no piden: cuidan. Esperan. Aguantan.
A ratos, su mente era una neblina: no recordaba bien de dónde venía, ni por qué le dolía el cuerpo con un dolor que no era sólo hambre. Pero había una imagen que regresaba como un latido: un niño pequeño, tibio, pegado a su pecho; unos dedos aferrados a su suéter; un suspiro que se calmaba cuando ella cantaba.
Eres mi sol…
En su mundo actual, ese niño tenía la forma de un oso viejo. Y aun así, ella lo llamaba “mi Leo”. Como si el nombre, por sí solo, fuera una lámpara.
Esa noche, Alejandro no durmió.
En la recámara de su casa en Lomas, el silencio era caro: cortinas gruesas, calefacción baja, una cama amplia. A su lado, Laura, su esposa actual, estaba de espaldas, dormida con la costumbre de quien aprendió a no preguntar demasiado.
Alejandro prendió la laptop y buscó, con dedos temblorosos, carpetas que no abría desde hacía años. Videos viejos. Cumpleaños de un año. Globos. Pastel. Un bebé con manos manchadas de betún. Y en el centro, sentada en un sillón, una mujer joven con cabello claro y ojos brillantes, abrazando a ese bebé.
La mujer cantaba, riendo:
Eres mi sol… mi único sol…
Era la misma nota final. La misma pausa suave antes de “único”. El mismo “shh” hecho de cariño.