—Lo ilegal es usar el sistema de justicia para venganzas personales, licenciado Haro —replicó Elías—. Lo ilegal es fabricar culpables.
El silencio fue absoluto.
Walter temblaba. No podía creer lo que veía. Los niños que había recogido aquella noche de frío… ahora defendían su nombre como si se tratara del propio.
El juez se recargó en su silla, respirando hondo, mientras pasaba una y otra hoja.
Al cabo de unos minutos que parecieron horas, habló:
—Este tribunal —dijo, con voz grave— considera que las pruebas presentadas hoy cambian completamente la naturaleza del caso.
Miró a Walter.
—El señor Walter Morales aparece no como un ladrón… sino como víctima de una maniobra organizada para culparlo de delitos que, todo indica, apuntan hacia su antiguo patrón.
Desvió la mirada hacia Haro, que bajó la vista por primera vez en mucho tiempo.
—En consecuencia —continuó—, se declaran desechados todos los cargos en contra del señor Morales. Queda usted en libertad.
Las palabras se estrellaron en la sala como un trueno. Hubo exclamaciones, aplausos sueltos, incluso uno que otro abucheo dirigido a Haro mientras salía hecho una furia, acompañado por dos agentes ministeriales que ahora querían hablar con él.
Walter se quedó sentado, aturdido, hasta que sintió una mano sobre su hombro.
Elías.
—Ya estuvo, papá —dijo suavemente.
“Papá”.
Esa palabra, que tantas veces había escuchado en la boca de otros, sonó distinta en la voz de su hijo adoptivo. Le atravesó el pecho, rompiendo años de humillación y silencio.
Graciela se acercó por el otro lado, con los ojos brillosos.
—No vas a cargar solo nunca más —susurró—. Todo lo que hiciste por nosotros… hoy te lo devolvemos, aunque no alcance.