El móvil de Oso vibró. Un mensaje del padre de Lili, enviado desde el sistema de correo de la prisión:
«He oído lo que pasó. Gracias por defenderla. Por defendernos. Me quedan siete años, hermano. Siete años y podré salir para ayudarte a llevar este peso. Hasta entonces, ella solo te tiene a ti. Y yo también. Os quiero a los dos».
Oso le enseñó el mensaje a Lili. La niña pasó el dedo despacio por las palabras “Os quiero a los dos”.
—Papá nos quiere —dijo, simplemente.
—Sí, princesa. Nos quiere —respondió él.
Los sábados siguieron como siempre. Solo que ahora, en lugar de miradas de desconfianza, Oso y Lili estaban rodeados de apoyo. Algunos veteranos se acercaban a charlar un rato. El encargado tenía siempre preparado el batido de chocolate de Lili. La cajera le enseñaba a doblar las servilletas en forma de flor.
Y cada semana, Oso le contaba a Lili otra historia sobre su padre. Le hablaba de la vez que cargó con civiles heridos hasta un lugar seguro bajo el fuego. De cómo cantaba para calmar a los niños asustados en pueblos lejanos. De un soldado que había recibido medallas por su valor, pero que siempre decía que el nacimiento de su hija había sido su verdadero premio.
—¿Papá será diferente cuando vuelva? —preguntó Lili un sábado, mirando su zumo.
Oso escogió las palabras con cuidado.