Valeria soltó el lápiz y se lanzó a mi cuello, riendo y llorando a la vez. Esa semana que iba a ser la última, se convirtió en el primer capítulo de nuestra vida. Hoy, Valeria estudia Medicina en la Universidad Complutense. Dice que quiere curar a gente como yo. Y yo… yo sigo aquí, viejo y gruñón, pero el hombre más feliz de Madrid. Porque aprendí que la sangre te hace pariente, pero solo el amor te hace familia. Y que a veces, cuando crees que estás salvando a alguien, en realidad, es ese alguien quien te está salvando a ti.
La euforia de la victoria en el juzgado fue dulce, pero la realidad, como siempre, nos esperaba a la vuelta de la esquina. Teníamos los papeles, teníamos la custodia, pero todavía teníamos al enemigo silencioso respirando en mi nuca: el cáncer.
La mañana siguiente al juicio, la rutina en la casa de la calle Velázquez cambió para siempre. Ya no era la casa de un soltero amargado y moribundo; ahora era un hogar. Me desperté con un sonido que, con el tiempo, se convertiría en mi melodía favorita: Valeria cantando en la ducha. Cantaba desafinado, inventándose la letra de las canciones de moda, pero para mis oídos era mejor que cualquier sinfonía de Beethoven.
Bajé a la cocina. Rosa estaba preparando el desayuno con una energía renovada. —Buenos días, Don Eduardo. La niña ha pedido tortitas. Dice que hoy es un día especial. —Todos los días son especiales ahora, Rosa.
Valeria bajó las escaleras corriendo, con el uniforme de su nuevo colegio. Habíamos elegido un colegio privado pequeño en El Viso, donde conocían nuestra historia y prometieron discreción y apoyo. Le quedaba un poco grande el pichi gris, y los calcetines blancos estaban subidos hasta las rodillas con una perfección casi militar. —¡Papá! —gritó, dándome un beso en la mejilla que olía a champú de fresa—. ¿Estoy guapa? —Estás preciosa, mi vida. Pareces una ministra. —¡No quiero ser ministra! Quiero ser doctora, como Rodrigo. Para curarte.
Esa frase se convirtió en su mantra. Después de tantas visitas al hospital, Valeria había decidido su futuro con la determinación inquebrantable de los siete años. El Doctor Rodrigo, encantado, le había regalado un estetoscopio de juguete, y ella “pasaba consulta” a todos en la casa: a Carmen, a Rosa, incluso al gato persa que habíamos adoptado porque ella decía que la casa necesitaba “más vida”.
Pero la vida no era solo juegos. Comenzó mi tratamiento experimental. Inmunoterapia combinada. Rodrigo fue claro: “Va a ser duro, Eduardo. Tu cuerpo va a pelear una guerra civil”. Y vaya si lo fue.