Mi nombre es Eduardo Méndez, y hace exactamente un año, yo era un cadáver que caminaba. Tenía cuentas bancarias en Suiza, propiedades en la Costa del Sol y un ático en el Barrio de Salamanca con vistas a todo Madrid. Pero también tenía un cáncer de pulmón en estadio cuatro y un calendario en mi mente que marcaba una cuenta atrás implacable: cuarenta y dos días.
Esa tarde de noviembre, la lluvia caía fina y fría sobre Madrid, ese “calabobos” que te cala hasta los huesos. Salí de la clínica del Doctor Rodrigo, mi amigo de toda la vida, con la sentencia de muerte resonando en mis oídos. Rechacé a mi chófer. Necesitaba sentir el frío, necesitaba sentir algo que no fuera ese vacío aterrador en el pecho.
Caminé sin rumbo, alejándome de las boutiques de lujo de la calle Serrano, cruzando el Paseo de la Castellana y adentrándome en barrios donde las fachadas no eran de mármol, sino de ladrillo visto y ropa tendida. Mis zapatos de suela de cuero resbalaban sobre el pavimento mojado. No sé cuánto caminé, quizás horas, hasta que mis piernas, debilitadas por la enfermedad, pidieron tregua en una pequeña plaza de un barrio obrero, tal vez por Vallecas o Usera.
Me senté en un banco de piedra, ignorando la humedad. Y allí estaba ella.
No era más que un bulto pequeño encogido contra la pared de una panadería, buscando el calor que escapaba de las rejillas de ventilación. El olor a pan recién hecho contrastaba cruelmente con su aspecto. Me acerqué. Tenía el pelo negro como el ala de un cuervo, enmarañado, y la cara manchada de hollín. Pero sus ojos… Dios mío, esos ojos negros y profundos me atravesaron el alma.
—¿Tienes hambre? —le pregunté. Mi voz sonaba extraña, desacostumbrada a la amabilidad. La niña asintió levemente, sin dejar de mirarme con desconfianza. —¿Y tus padres? —No tengo —susurró. Su acento era local, madrileño castizo. —¿Nadie? ¿Abuelos? ¿Tíos? —Nadie. Estoy sola
Esa palabra, sola, resonó en la plaza vacía y rebotó dentro de mí. Yo estaba rodeado de empleados, socios y abogados, pero estaba más solo que esa niña. —Yo también —confesé, sentándome a su lado en el suelo sucio—. Me llamo Eduardo. —Valeria.
Compré dos bocadillos de jamón y dos zumos en la panadería. Nos los comimos en silencio. Verla comer, con esa urgencia, con ese miedo a que la comida desapareciera, me rompió algo por dentro. Y entonces, la locura. O la lucidez extrema de quien no tiene nada que perder.