El abogado de Mariana argumentó que yo era un anciano moribundo, sin relación biológica, y que la niña debía estar con su sangre. Entonces, Ricardo presentó las pruebas. Los extractos bancarios vacíos de Mariana. Los testimonios de los vecinos que la vieron maltratar a la niña. Y finalmente, la carta de Tomás. El juez leyó la carta en silencio. La sala contenía la respiración. —Señora Vázquez —dijo el juez, mirando a Mariana por encima de sus gafas—. Usted recibió trescientos mil euros para el cuidado de esta menor. ¿Dónde está ese dinero? —Yo… lo invertí. Salió mal. —Mentira —intervine—. Se lo gastó en bingos y coches, mientras la hija de mi empleado, el hombre que murió construyendo mi edificio, dormía en cartones.
El juez miró a Valeria. —Valeria, acércate. La niña se acercó al estrado, pequeña pero valiente. —¿Con quién quieres vivir? —Con Eduardo —dijo sin dudar—. Él es mi papá de corazón. Me compró una bici. Me da de comer. Y cuando tiene miedo por su enfermedad, yo le doy la mano. Nos cuidamos el uno al otro. El juez, un hombre mayor con fama de duro, se quitó las gafas y se frotó los ojos. —Se retira la custodia a la Señora Vázquez y se ordena su detención inmediata por fraude y negligencia infantil. La custodia permanente de Valeria Jiménez se concede a Don Eduardo Méndez.
La sala estalló. No en aplausos, sino en un suspiro colectivo de alivio. Valeria corrió hacia mí y yo caí de rodillas para abrazarla. —Ganamos, papá. Ganamos. —Sí, mi vida. Ganamos.
Pero la historia no acaba ahí. Seis meses después, volví a la consulta de Rodrigo. Había pasado por un nuevo tratamiento experimental, uno que me animé a probar solo porque quería ver a Valeria graduarse, casarse, vivir. Rodrigo miraba los escáneres, incrédulo. —¿Qué pasa, Rodrigo? ¿Cuánto me queda? ¿Semanas? Él se giró, con una sonrisa que le ocupaba toda la cara. —Eduardo… el tumor ha remitido. No ha desaparecido del todo, pero se ha reducido un 80%. Estás en remisión parcial. No podía creerlo. —¿Cómo? —La inmunoterapia ha ayudado, claro. Pero he visto muchos casos. La voluntad de vivir, Eduardo… el amor… cambia la química del cuerpo. Esa niña te ha salvado la vida, literalmente.
Salí de la clínica corriendo. Bueno, caminando rápido, que ya tengo una edad. Valeria me esperaba en el coche, haciendo los deberes de matemáticas. —¿Qué te ha dicho el médico? —preguntó sin levantar la vista del libro. —Me ha dicho que tenemos un problema. Ella me miró asustada. —¿Qué problema? —Que vas a tener que aguantarme mucho más que una semana. Vas a tener que aguantarme toda la vida.