Mis manos temblaban al abrirlo. Llamé a Valeria. Tenía que saberlo. Nos sentamos en el jardín de invierno. Le expliqué quién era su padre, que había trabajado construyendo los edificios que yo diseñaba. Que era un hombre bueno. —¿Escribió esto para mí? —preguntó ella, tocando el papel como si fuera sagrado. Como apenas sabía leer, se la leí yo.
“Mi princesa Valeria. Si lees esto, es que papá ya no está. Trabajo duro, subiendo muy alto en los andamios, para que tú puedas volar aún más alto. Quiero que estudies, que seas feliz. Todo lo que gano es para ti. Ten cuidado con tu tía Mariana, sabes que no es buena, pero no tenemos a nadie más. Si algo me pasa, busca a la gente buena. El mundo está lleno de gente buena, aunque a veces se escondan. Te quiero más que a mi vida. Papá.”
Lloramos. Los dos. Un viejo millonario y una niña huérfana unidos por las palabras de un fantasma. —Tu papá te quería muchísimo, Valeria. Y trabajó para mí. De alguna manera… siento que te debía esto. —Eduardo… —dijo ella secándose las lágrimas—. ¿Crees que mi papá te envió para salvarme? —No lo sé, cariño. Pero creo que tú me has salvado a mí.
La batalla legal fue feroz. Mariana volvió con la policía, pero Ricardo consiguió una orden judicial de emergencia presentando la carta y las pruebas del desfalco de la herencia. El juez nos dio una cita para una vista preliminar en 48 horas. Pero mi cuerpo decidió que era demasiada emoción. La noche antes del juicio, colapsé. No podía respirar. El dolor en el pecho era insoportable. Carmen llamó a la ambulancia. —¡No! —intenté gritar—. ¡Tengo que ir al juicio mañana! Pero la oscuridad me tragó.
Desperté en una habitación de hospital, conectado a tubos y monitores. El pitido rítmico era lo único que escuchaba. Rodrigo estaba a mi lado, con cara de preocupación. —¿Qué ha pasado? —grazné. —Un colapso respiratorio, Eduardo. Estuviste a punto de… —¿Qué hora es? ¿El juicio? —El juicio es en una hora. No puedes ir. Estás demasiado débil. —Tengo que ir. Si no voy, se la llevarán. —Eduardo, si te desconecto de esto, podrías morir en el camino. Me arranqué la vía del brazo. La sangre manchó las sábanas blancas. —Prefiero morir intentándolo que vivir sabiendo que la abandoné. ¡Traedme mi traje!
Llegué al Juzgado de Familia de la calle Francisco Gervás en silla de ruedas, pálido como un fantasma, pero con la mirada encendida. Carlos me empujaba a toda velocidad. Al entrar en la sala, Mariana sonreía victoriosa. Valeria estaba sentada en un rincón, con una asistente social, llorando en silencio. Cuando me vio, sus ojos se iluminaron. —¡Papá! El juez golpeó el mazo. —Orden. Señor Méndez, se le ve… terrible. ¿Está en condiciones de proceder? —Su Señoría —dije, haciendo un esfuerzo sobrehumano para ponerme de pie, apoyándome en la mesa—. Estoy aquí para luchar por mi hija.