Varios compañeros comenzaron a ponerse de pie.
Uno por uno.
Algunos pidieron disculpas.
Otros admitieron haber reído cuando deberían haber intervenido.
Incluso personas que nunca habían participado directamente reconocieron que habían permanecido en silencio demasiado tiempo.
Alejandro se acercó lentamente.
—No espero que me perdones —dijo—. Pero necesitaba decir la verdad.
Lo observé durante varios segundos.
Todavía estaba herida.
Todavía estaba enojada.
Pero también comprendí que había tenido la oportunidad de guardar silencio y no lo hizo.
Su confesión había destruido su reputación frente a toda la escuela.
Y aun así eligió contar la verdad.
Aquella noche no terminó como había imaginado.
No me convertí en la reina del baile.