Mis compañeros se burlaban de mí desde que tenía memoria.
La gran marca de nacimiento que cubría parte de mi mejilla derecha era imposible de ocultar. Algunos fingían no verla, pero la mayoría hacía comentarios crueles cuando creían que los profesores no escuchaban.
A eso se sumaba que mi madre me había criado sola. Trabajaba dos empleos para pagar el alquiler y poner comida en la mesa. Nunca tuvimos mucho dinero, así que mi ropa casi siempre provenía de tiendas de segunda mano o de donaciones.Con los años aprendí a ignorar las miradas y las risas, pero cuando llegó el último año de secundaria, el baile de graduación me llenó de ansiedad.
Sabía que nadie me invitaría.
Por eso me sorprendí tanto cuando Alejandro se acercó a mi casillero una tarde.
Era uno de los chicos más populares de la escuela. Jugaba fútbol americano, sacaba buenas notas y parecía llevarse bien con todo el mundo.
—¿Te gustaría ir al baile conmigo? —preguntó.
Pensé que era una broma.
Pero no se estaba riendo.
Acepté.
Durante semanas intenté convencerme de que aquello era real.
La noche del baile, Alejandro llegó puntual a mi casa. Saludó amablemente a mi madre, me entregó un pequeño ramo de flores y me dijo que me veía hermosa.
Mi madre casi lloró de emoción.
Y, por primera vez en mucho tiempo, yo también me sentí especial.
Cuando llegamos al gimnasio decorado para la fiesta, muchas personas nos observaron.
Al principio pensé que era simple sorpresa.