No recibí una historia perfecta.
Pero obtuve algo mucho más importante.
Comprendí que el problema nunca había sido mi marca de nacimiento.
El problema era la crueldad de quienes juzgaban a los demás por su apariencia.
Cuando salí del gimnasio junto a mi madre, levanté la cabeza por primera vez en años.
Ya no sentía vergüenza.
Porque entendí que no había nada malo en mí.
La única mancha verdadera era la que llevaba la intolerancia en el corazón de quienes se burlaban de los demás.
Y esa noche, finalmente, todos pudieron verla.