Me llamo Miguel, hijo de una basurera.
Desde niño supe lo difícil que era nuestra vida.
Mientras otros niños jugaban con juguetes nuevos y comían comida rápida, yo esperaba las sobras de la carindería.
Cada día, mi madre se levantaba temprano.
Cargaba un gran saco y caminaba hacia el basurero del mercado, buscando allí nuestro sustento.
El calor, el mal olor, las heridas en sus manos por las espinas de pescado o los cartones mojados…
Pero nunca, nunca me avergoncé de ella.
“¡Apestas!”
“¡Vienes del basurero, verdad?”
“¡Hijo de la basurera, ja ja ja!”
Y con cada risa, sentía que me hundía más en el suelo.
Al llegar a casa, lloraba en silencio.
Una noche mi madre me preguntó:
—Hijo, ¿por qué estás tan triste?
Solo sonreí.
—Nada, mamá. Solo estoy cansado.
Pero en realidad, me estaba rompiendo por dentro.