“Se burlaron de mí porque soy hijo de una basurera — pero en la graduación, solo dije una frase… y todos guardaron silencio y lloraron.”
Pasaron los años.
Desde primaria hasta secundaria, la historia fue la misma.
Nadie quería sentarse a mi lado.
En los trabajos en grupo, siempre era el último en ser elegido.
En las excursiones, nunca me invitaban.
“Hijo de la basurera”… ese parecía ser mi nombre.
Pero aun así, nunca me quejé.
No peleé.
No hablé mal de nadie.
Solo me concentré en estudiar.
Mientras ellos jugaban en los cibercafés, yo ahorraba para fotocopiar mis apuntes.
Mientras compraban nuevos celulares, yo caminaba largas cuadras para ahorrar el pasaje.
Y cada noche, mientras mi madre dormía junto a su saco de botellas, me decía a mí mismo:
“Algún día, mamá… nos levantaremos de esto.”
Llegó la graduación.
Al entrar al gimnasio, escuché risas y murmullos:
“Ese es Miguel, el hijo de la basurera.”
“Seguro ni ropa nueva tiene.”