No era una pensión cualquiera. En ese lugar vivían albañiles, cargadores de la central de abastos, boxeadores retirados y gente que la vida había golpeado duro. Gente a la que mi madre, Doña Lupe, había ayudado mil veces. A los que les perdonaba la renta cuando no tenían trabajo, a los que les daba un plato de sopa caliente cuando llegaban borrachos y tristes.
Del cuarto 3 salió “El Tanque”, un hombre que cargaba pianos en las mudanzas, con brazos como troncos de árbol.
Del cuarto 5 salió Don Chuy, un ex policía que vivía de su pensión, con su viejo bastón de madera dura en la mano.
Del cuarto 1 salieron tres hermanos que trabajaban en la construcción.
En segundos, el pasillo se llenó.
Ricardo y sus guaruras miraron alrededor. De repente, sus trajes caros y su prepotencia se vieron ridículos frente a la muralla humana que se formó detrás de mi madre.
Mi madre se levantó sola, sacudiéndose el polvo de la falda.
—Te equivocaste de casa, muchacho —dijo mi madre, mirándolo a los ojos—. Creíste que porque somos pobres, estamos solos. Creíste que porque mi hija te amaba, era débil.
“El Tanque” dio un paso al frente, tronándose los nudillos.
—¿La señora Lupe le dijo que se largara, verdad patrón? —dijo El Tanque con una voz grave—. Y aquí, lo que dice Doña Lupe, es ley.
Ricardo retrocedió, nervioso. Sus guaruras, viendo que eran superados diez a uno por hombres que no tenían nada que perder, bajaron las manos.
—Esto… esto es un secuestro —balbuceó Ricardo—. ¡Voy a llamar a la policía!