El vidrio de la puerta se estrelló. Una mano metió el seguro y abrió la puerta desde afuera.
Ricardo entró. Venía con dos de sus amigos, tipos grandes con aspecto de guaruras. Ricardo vestía su traje caro, pero tenía la cara descompuesta por la ira y el alcohol.
—Ahí estás… —dijo al verme asomar la cabeza. Dio un paso hacia mí, ignorando a mi madre como si fuera un mueble—. Vámonos. Ahora. Antes de que me enoje de verdad.