“Sé valiente por nosotros”, llamó la tía Marta desde la multitud, ojos secos, barbilla firme. Eva intentó responder, pero la noche le robó el aliento. La jalaron hacia adelante, y las manos del anciano, delgadas y apergaminadas, ciñeron la cuerda alrededor del roble. “Espíritu de Blackstone”, cantó, “ofrecemos lo que toma mucho y da poco. Ofrecemos desperdicio por abundancia”.
Risas se deslizaron por la fila de atrás. Muchachos demasiado jóvenes para cargar rifles, suficientemente mayores para cargar crueldad. Eva se estremeció cuando una piña tocó su hombro. Levantó la cabeza de todos modos, negándose a inclinarse ante ellos, el árbol o la mentira que habían llamado dios.
“No soy desperdicio”, dijo con voz baja, deliberada, un calor que no necesitaba fuego. "He martillado hierro, cargado mineral, alimentado a sus enfermos cuando tenían miedo de tocarlos. Si su espíritu quiere una vida, que venga a reclamar la mía él mismo".
La oración del anciano trastabilló, luego se recuperó. Untó ceniza sobre su frente, una corona tosca de rendición. Y los aldeanos salieron en fila en un silencio que no era reverencia, sino alivio. Uno por uno, las linternas parpadearon hacia la oscuridad hasta que solo quedó la luna, una tapa pálida cerrándose sobre el mundo.
El silencio presionó. El bosque respiraba su aliento húmedo a hongos. En algún lugar, un zorro dijo algo pequeño y final. El frío mordisqueaba sus antebrazos desnudos, se arrastraba bajo el vestido delgado hasta que incluso sus huesos se sintieron hechos de vidrio.
