Limpió la sangre y la suciedad de su muslo. Su toque era clínico, profesional, pero Lian no pudo evitar ser consciente de la extraña intimidad de la situación. La mano de un hombre rudo y cayoso sobre la piel desnuda de su pierna, en la oscuridad de un granero, mientras ella yacía indefensa sobre un montón de paja. Se estremeció, pero no de frío ni de miedo. Era una reacción a su toque, una conciencia de su propia vulnerabilidad y de la cruda masculinidad de él.
Su piel áspera contra la suya suave, su concentración total en su tarea, el calor que emanaba de él, todo ello se registraba en sus sentidos sobrecargados. A él no pareció importarle. Destapó la botella de vidrio. Esto va a doler de nuevo advirtió. Lía se preparó apretando los puños en el eno. Vertió el líquido que lea reconoció por el olor como whisky o algún tipo de alcohol fuerte directamente sobre la herida abierta. El dolor fue segador, un fuego líquido que la hizo gritar de nuevo.
Esta vez fue un grito corto y agudo. Cael la observó con impasibilidad, esperando a que pasara el espasmo. Es necesario, dijo simplemente, para matar lo que queda del veneno. Después del ardor inicial, una sensación de entumecimiento se apoderó de su pierna. Él tomó otro trapo limpio y lo dobló en una almohadilla gruesa, presionándola contra la herida para detener el sangrado. Luego, con tiras de tela rasgadas, se la vendó con firmeza. El trabajo estaba hecho. Se sentó sobre sus talones, observándola.
Sus ojos grises la recorrieron de la cabeza a los pies, deteniéndose en su rostro, en el vestido hecho girones, en sus pies heridos. Ahora el agua dijo. Cogió un caso del cubo y se lo acercó a los labios. Bebe despacio. El agua fresca fue la cosa más maravillosa que ya había probado en su vida. Bebió con avidez, el líquido frío calmando su garganta reseca y su estómago vacío. Él tuvo que apartarle el caso para que no bebiera demasiado rápido.
Bebió dos casos más, más lentamente esta vez, antes de negar con la cabeza satisfecha. Se recostó en el eno, el agotamiento volviendo a apoderarse de ella. La fiebre seguía ahí, pero el dolor agudo en su pierna había desaparecido, reemplazado por un latido sordo. “Gracias”, susurró su voz apenas audible. Él la miró, una expresión indescifrable en su rostro. No respondió. En cambio, hizo una pregunta. “¿De quién huyes?” La pregunta la golpeó como una bofetada. El miedo volvió a aflorar.