No te muevas o te dolerá más”, susurró él sosteniéndola contra el suelo del granero. Una novia fugitiva, cuyo vestido blanco era ahora un girón de barro y lágrimas, corrió desesperada por su vida bajo el implacable sol desierto. Creía haber encontrado un refugio seguro en un granero abandonado, un santuario contra la brutalidad de su marido. Pero el dueño, un hombre tan salvaje y solitario como la propia Tierra, la encontró temblando de fiebre y al borde de la inconsciencia.
El terror la paralizó al verlo, pero fue su susurro ronco justo antes de usar su cuchillo de casa contra su piel, lo que cambió su destino para siempre.
Así nos ayudas a seguir contando historias y a ayudar a mi familia. Ahora comencemos. Ya corría. El aire abrasador de Arizona le quemaba los pulmones con cada bocanada desesperada, un fuego que rivalizaba con el terror que ardía en su pecho. El vestido de novia, aquel que unas horas antes había sido el símbolo de un futuro prometedor, ahora era un lastre, una jaula de encaje y seda que se enganchaba en cada cactus y arbusto espinoso. Se había rasgado los bajos para liberar sus piernas y el blanco inmaculado estaba manchado de polvo rojo, sudor y algunas gotas de su propia sangre.
El velo había desaparecido hacía a kilómetros, arrancado por una rama retorcida como una bandera blanca de rendición que ella se negaba a ondear. Cada pisada levantaba una pequeña nube de polvo que se le pegaba a la piel sudorosa, creando una máscara de mugre sobre su rostro pálido y sus mejillas sonrozadas por el esfuerzo. El sol, un dios cruel y dorado en el cielo despejado, la golpeaba sin piedad. No había nubes, no había sombra, solo la inmensidad de un paisaje rocoso y hostil que parecía extenderse hasta el infinito.
El recuerdo del rostro de Jedediá era el látigo que la impulsaba hacia adelante. Jededi Torne, el hombre con el que se había casado al amanecer, el hombre del que huía antes del anochecer. Su mandíbula apretada, sus ojos fríos como piedras de río, la mirada de posesión que le había dedicado en el altar, todo se repetía en su mente. Ella había creído en sus palabras dulces, en las promesas de una vida de comodidad y respeto. Su familia, al borde de la bancarrota, la había empujado a sus brazos, viéndolo como el salvador que necesitaban.
Pero en la intimidad de la habitación que compartirían, justo después de la ceremonia, la máscara se había caído. No hubo ternura, solo la fría declaración de sus deberes. Eres mi esposa ahora. Ya. Eso significa que tu cuerpo, tus días y tus pensamientos me pertenecen. No toleraré desobediencia. La forma en que la había agarrado del brazo con una fuerza que le dejó una marca morada que ahora palpitaba bajo la tela de su vestido, había sido la última advertencia.