
El hombre no quería una compañera, quería una posesión, un objeto hermoso para lucir y controlar. El miedo, un veneno helado, la había paralizado momentáneamente, pero debajo del miedo, una brasa de rebeldía, una que ella misma no sabía que poseía, comenzó a arder. no sería una esclava, no viviría bajo el yugo de aquel hombre. Así que, mientras él se regodeaba con sus invitados en la fiesta de celebración, ella se había escabullido por la puerta trasera de la cocina con el corazón martillándole en las cienes.
Su plan era simple y estúpido, correr, correr hacia el oeste, hacia lo desconocido, lejos de su jaula dorada. Ahora, horas después, la estupidez de su plan se hacía dolorosamente evidente. No tenía agua, no tenía comida y lo único que la guiaba era un instinto animal de supervivencia. Sus delicados zapatos de boda se habían deshecho hacía mucho tiempo y las plantas de sus pies eran una masa de cortes y ampollas. En un momento de agonía, se detuvo para arrancar una tira del Ximena de su vestido y vendarse los pies, una solución precaria que apenas mitigaba el dolor.